Veía los 40 años como algo lejano; una dimensión desconocida que imaginaba cargada de respuestas. Durante mucho tiempo proyecté en esta etapa una estabilidad total: emocional, económica y social.
Me decía: “Ahora estoy así, pero a los 40, seguramente todo estará solucionado”.
Tal vez idealizaba la madurez o simplemente aceptaba esa “fecha de caducidad” social, llena de códigos y metas por cumplir. Una barrera invisible que dictaba hasta cuándo se podía ser “joven” antes de llegar a la estabilidad obligatoria.
¡Qué equivocada estaba!
Los 40 han sido un despertar. He descubierto que no hay fechas límite. Esta etapa me invita a despedirme de versiones oxidadas de mí, a perderme en la confusión y a encontrar una versión más auténtica e imperfecta que me conecta con el presente.
Aprendo a soltar las partes de mí que tanto condené. Las abrazo con compasión, dejando que la vida fluya para transformar cada día en una posibilidad de crear y construir.
Bienvenido, “Cuarto piso”. Qué fortuna que tu maleta sea pesada a veces, pero que venga llena de amigos, amor y experiencias que hacen el camino más llevadero.
Te abrazo como la mejor versión de mí hasta ahora: más humana, sin máscaras, sin ataduras y sin verdades absolutas. Llego con la única certeza de querer seguir caminando tal como empecé…