¿El reflejo frente al espejo reconoce quiénes somos o solo muestra cómo nos proyectamos ante los demás? A veces, esa imagen es un constructo social alimentado por el entorno y por una idea de “vida saludable” que oculta una sed insaciable de aprobación. Es el humo que nos venden para recordarnos que siempre hay un estándar que alcanzar.
Durante años habité ese círculo vicioso, buscando una versión de mí que me diera seguridad frente al resto. Sin embargo, en el camino elegí dejar de verme a través de un reflejo para empezar a mirarme con ojos propios. Detener la carrera contra el tiempo y aceptarme me permitió dar el salto hacia el reconocimiento personal, algo mucho más profundo.
Lo más valioso ha sido tener a mi lado el mayor ejemplo de valentía: mi hija. Su mirada me enseñó la forma más pura de la belleza, una que no conoce códigos ni estereotipos. Al contrario, es una luz que sobresale por la simple magia de su existencia.
Ahí entendí que mi cuerpo es el vehículo que me permite transitar la vida; merece ser honrado tal cual es. Lo valoro por mí, por la responsabilidad que tengo en mis roles, pero sobre todo para romper esa cárcel de expectativas y validaciones que, al final, son solo ruido externo.
Sigo recorriendo este trayecto, sin mapa y a veces sin dirección, pero con la firme intención de abrazar mi versión más imperfecta; esa que le da sentido a quien soy hoy.
Aplaudo el paso del tiempo y la huella que deja en mi piel: una marca más auténtica y honesta.